
Tradicionalmente, la corona se elaboraba con ramas de pino o abeto fresco, no solo como elección estética, sino también por su aroma verde, resinoso y purificador, que se consideraba protector y lleno de vida en pleno invierno.
Hoy le añadimos elementos como piñas, naranjas secas, canela, clavo, eucalipto, que tienen su propio papel aromático: las especias aportan calidez, las frutas cítricas simbolizan luz y energía, y las notas balsámicas renuevan el ambiente. Así, la corona se convierte en una especie de calendario olfativo, donde cada semana huele distinto, más cálido, más festivo, más navideño, por lo que encender una vela en la corona es despertar un olor que anuncia que la Navidad se acerca.