La lila, conocida botánicamente como Syringa vulgaris, es originaria de los Balcanes y sudeste de Europa. Florece en primavera en un rango de tonos del blanco al violeta, siendo la más conocida la de tono malva violáceo. De hecho, la denominación de “color lila” procede precisamente de la tonalidad suave y empolvada tan característica de sus pétalos.
Su floración de la lila es efímera, tan solo dura unas tres semanas al año, quizá por eso su fragancia tiene algo especialmente evocador y nostálgico. Este olor ha fascinado durante siglos a los perfumistas, que la suelen recrear en sus composiciones, pues el rendimiento al extraer su esencia es muy bajo. Es uno de los casos de “flor silente”, sí tiene olor, pero apenas se puede extraer.
Su olor recuerda al jazmín, aunque resulta más suave, delicado y transparente, con facetas ligeramente verdes y frescas, un matiz amielado y un fondo cremoso que puede recordar a la almendra. La lila es una flor luminosa y elegante, capaz de aportar una sensación romántica y primaveral a las composiciones florales. Tradicionalmente, la lila se ha utilizado para enriquecer acordes florales junto a notas de rosa, jazmín o violeta, aportando frescura aterciopelada y un carácter etéreo muy reconocible.
Además de su importancia en perfumería, la lila también tiene un fuerte vínculo con la historia y los jardines románticos. Se dice que las lilas eran las flores favoritas de la Duquesa de Osuna, motivo por el que tienen tanto protagonismo en el Parque de El Capricho, donde plantaron miles durante la creación del parque.
