
La esencia de esta fiesta va mucho más allá de la música y los trajes, el Madrid castizo comenzó a forjarse en el siglo XVIII, cuando los barrios fueron creando sus propias identidades populares y emergieron los “majos” y “majas”.
El “majismo” nació hacia 1750 como reivindicación de la indumentaria y costumbres españolas frente al profundo afrancesamiento de la moda. Fue un fenómeno muy singular, pues las clases altas comenzaron a imitar la forma de vestir de las clases populares. Francisco de Goya inmortalizó esta estética en muchas de sus obras, convirtiendo a majos y majas en iconos del costumbrismo madrileño. Con el paso del tiempo, aquellos majos fueron diferenciándose en distintos grupos populares ligados a barrios y oficios concretos.

Los chisperos y chisperas trabajaban en herrerías y talleres metalúrgicos de barrios como Barquillo, San Antón o Maravillas, rodeados de “chispas”. Tenían fama de temperamentales, alegres y muy castizos. También en Malasaña o Maravillas había otros pequeños profesionales y artesanos: carpinteros, zapateros o comerciantes que hicieron del orgullo castizo toda una forma de vida.
Y la figura que ha terminado convirtiéndose en el gran símbolo de las verbenas madrileñas es la de los chulapos y chulapas. Asociados especialmente a La Latina y las Cavas, ellas solían ser planchadoras, modistas, floristas, fruteras, cigarreras o lavanderas, mujeres de carácter fuerte, alegre y muy reconocibles por su elegancia. Su vestimenta terminó convirtiéndose en uno de los iconos más reconocibles de Madrid. Los chulapos con parpusa, chaleco y pañuelo y las chulapas con vestido ajustado de lunares o flores, mantón de Manila y pañuelo blanco cubriendo el moño.

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- Dos claveles blancos: soltera
- Un clavel rojo y uno blanco: comprometida
- Dos claveles rojos: casada
- Dos rojos y uno blanco: viuda
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En la sociedad actual, la clasificación en estados y colores sin duda sería mucho más amplia, pero en aquel momento era una forma elegante y silenciosa de transmitir información en una época donde el cortejo y las relaciones sociales formaban parte esencial de la fiesta.

Otro elemento inseparable de las fiestas de San Isidro es su gastronomía. Las rosquillas del Santo son uno de los grandes clásicos de estas fechas, repasamos cuatro de las variedades tradicionales:
- Las “tontas”, las más sencillas, sin glaseado.
- Las “listas”, cubiertas con glaseado de limón y azúcar.
- Las de Santa Clara, con una capa de merengue blanco.
- Las francesas, decoradas con almendra picada
Junto a ellas, los tradicionales barquillos siguen siendo otro de los sabores más típicos de las verbenas madrileñas. Antiguamente eran vendidos por los famosos barquilleros, personajes inseparables del paisaje castizo de Madrid que recorrían las calles con su característica rueda de la fortuna, un pequeño juego de azar con el que se decidía cuántos barquillos obtenía cada cliente.
Para acompañar estos dulces no puede faltar la clásica limonada madrileña, una de las bebidas más populares durante San Isidro que se compartía en las fiestas y meriendas populares de la Pradera, convirtiéndose en otro de los sabores más ligados a las celebraciones castizas.
En el territorio musical, no puede faltar el organillo y el chotis amenizando los bailes de los chulapos y chulapas, bien juntos. San Isidro es mucho más que una fiesta, es la celebración de la historia, el costumbrismo y el espíritu más auténtico de Madrid, una tradición que ha sabido transmitirse de generación en generación hasta convertirse en una de las grandes señas de identidad de la ciudad.
Algunas de las esencias más típicas de Madrid proceden de aquí, como clavel o limón, descubre todas ellas aquí.