
Sobre una bandeja con ceniza fina se presionaba un molde que dibujaba un camino de polvo de incienso. Al encenderse, la brasa avanzaba lentamente siguiendo el diseño, y su combustión marcaba el paso del tiempo.
Cada tramo equivalía a un periodo concreto: una meditación, una ceremonia del té, una lectura o simplemente un momento de contemplación. Mientras el incienso ardía, el olor del incienso llenaba el espacio, recordando que el tiempo no solo pasa, también se siente y se huele.