En la historia de la perfumería clásica, antes de que existiera la destilación alcohólica, el lujo estaba en la exclusividad de las resinas y los aceites. Uno de los más codiciados era el Bálsamo de Judea, una óleo-resina que se extraía al hacer pequeñas incisiones en la corteza del commiphora gileadensis, arbusto conocido como “mirra de La Meca”.  Este jugo o exudado se maceraba en aceites vegetales para fijar su fragancia y poder aplicarlo en la piel. Su olor se describía como una fragancia compleja y penetrante, con notas de limón dulce, matices de trementina y un fondo de especias cálidas.

El bálsamo de Judea era además el componente clave del célebre Ungüento real, un valioso perfume compuesto por 25 ingredientes exóticos. Aunque esta receta era originaria de los reyes partos, Plinio el Viejo documentó su extraordinaria complejidad y una minuciosa maceración que se convirtió en el estándar del lujo absoluto. Plinio señalaba con cierta crítica que semejante mezcla buscaba más la ostentación de quien lo llevaba que la verdadera armonía olfativa.

El magnetismo de esta materia prima fue tal que desató auténticas obsesiones históricas: el cronista Flavio Josefo relata que la mismísima reina Cleopatra, célebre por su profundo conocimiento en cosmética y su búsqueda incansable de sustancias aromáticas, llegó a viajar junto a Marco Antonio hasta la corte de Herodes el Grande con el único objetivo de conseguir el legendario exudado de este bálsamo.